lunes, 25 de abril de 2011

Domingo de resurección

Domingo de resurrección
Miguel Ángel Granados Chapa

MÉXICO, DF., 24 de abril (Proceso).- La liturgia católica en torno de la pasión, muerte y resurrección de Cristo ha sido desplazada, cada vez en mayor medida, por montajes escénicos diseñados ex profeso para atraer visitantes. No es el caso de Iztapalapa, donde la reunión de cientos de miles de espectadores es resultado, sí, del interés mediático rutinario, pero también de una tradición centenaria, que no es parangonable en los lugares que quieren ser conocidos por su propia escenificación de la muerte de Jesús.

El acontecimiento más importante de la Semana Santa, sin embargo, no es escenificable por su propia naturaleza. Se trata de la resurrección del Hijo de Dios, que discretamente abandonó la tumba en que lo había depositado su dolorosa madre y desapareció mientras todos creían que como todos los muertos yacía en el espacio reservado a los cadáveres.

Ignoro si en algún lugar se intenta representar la resurrección. Supongo que se consideraría blasfemo que el señor que dos días atrás fue el centro de la escena al ser crucificado abra la gruta en que, conforme a la tradición, fue depositado el cuerpo de Cristo, y que envuelto en su propio sudario se retire con rumbo desconocido. Porque los textos y la tradición lo presentan semanas después en el camino de Emaús con algunos de sus apóstoles, pero nada dicen acerca de dónde se repuso del ajetreo hiriente que padeció luego de ser condenado por romanos y judíos, cargar su propia cruz y ser clavado en ella y rematado por la lanza de Longinos.

Así pues, el elemento central de este drama ocurre en la penumbra, tras bambalinas, podríamos decir. Porque el sentido de la presencia del Hijo de Dios en la Tierra, según la creencia católica, es precisamente la singularidad de su resurrección. Todos morimos, Cristo incluido, pues al encarnarse es como uno de nosotros. Pero sólo él resucitó.

No es mi intención predicar sobre la celebración litúrgica ni, mucho menos, sobre los misterios de la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo, que escapan a mi comprensión y a mi interés. Me refiero a ellos porque este número de Proceso comienza a circular el Domingo de Resurrección, y ese fenómeno, el volver a la vida, contrario a la regla biológica, es aplicable a modo de metáfora a nuestro desgarrado país. El problema es que México no puede resucitar porque no está muerto. Pero que le hace falta una resurrección no hay quien lo dude.

Admitamos, convencionalmente, que se puede resucitar cuando apenas se está medio muerto, o medio vivo. Este es el caso mexicano. No quiere decir que estemos en agonía, en un proceso que inexorablemente nos conduzca a perder la vida. Estamos medio muertos en un sentido metafórico, porque las penas que la sociedad padece merman nuestra energía y nos impiden el desarrollo de nuestras energías vitales. Estamos postrados y al mismo tiempo forzados a seguir viviendo, a ganar el pan nuestro de cada día (quienes tienen la fortuna de ejercer una actividad que los sostenga) y hasta a disfrutar los goces, complejos y sencillos, que nunca faltan por oscuro que sea el horizonte.

En estos días estamos viviendo un intento de resurrección, que significa derrotar a la muerte. Paradójicamente, tristemente, ha sido la muerte misma la que propicia que nos rebelemos frente a ella. No estrictamente en su contra, porque es ineluctable, sino frente a las circunstancias que la hacen posible.

Javier Sicilia no es un poeta desarraigado de la realidad. Su poesía nace de experiencias vitales de lo más profundo de su ser, de su existencia plena. No es un autor contemplativo, menos aun cuando su prosa va dirigida a los medios de comunicación (Proceso entre ellos). Entonces su vínculo con la vida es más evidente, más inmediato, tanto como le ocurre cuando participa en acciones civiles destinadas, si no a mejorar la vida, por lo menos a evitar que empeore, como su lucha contra la conversión del hotel Casino de la Selva en un centro comercial cuyo funcionamiento afecta minuto a minuto el andar de los habitantes de Cuernavaca, su entorno entero.

No ha estado nunca ausente ni lejano de la vida. Pero ahora, en una de esas paradojas trágicas reservadas a los privilegiados, la muerte lo ha lanzado a la vida. El asesinato de su hijo Juan Francisco, muerto cruelmente con seis personas más, en un acontecimiento que acaso jamás comprenderemos por tan irracional que es, lo colocó al frente de una protesta signada por su sensibilidad, por el espíritu que lo singulariza y se percibe en su escritura, en su conversación, en su mera presencia.

Sus llamados han logrado un principio de organización de las varias indignaciones que nos asaltan. Demanda justicia en el caso de su hijo, es decir, que las autoridades establezcan los móviles del crimen, den con los responsables y los sancionen conforme a la ley. Lejos está de pretender una venganza, que sería estéril porque no devolvería la vida a su hijo. Pero busca justicia para todos. Y respeto a la vida. Es inevitable, por eso, que la movilización que encabeza se dirija a las acciones de los funcionarios gubernamentales que, al mismo tiempo, no son capaces de frenar la violencia y se irritan porque se les enrostra esa impasibilidad, esa imposibilidad.

Su palabra, su ejemplo, su presencia han vuelto a la vida a la plaza principal de Cuernavaca, vacía durante tanto tiempo por la inacción ciudadana. Hoy Domingo de Resurrección puede verse en ella la ofrenda a sus víctimas, a las víctimas de todos. Y el 5 de mayo, de esa ciudad donde a pesar de todo alienta aún el espíritu de don Sergio Méndez Arceo, partirá una marcha que, concluida en la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México el 8 de mayo, ha de ser la primera señal de nuestra resurrección, de nuestro nuevo andar por la vida. l

Plan para que el Ejecutivo maneje a su libre albedrío a fuerzas armadas

Enrique Méndez
Periódico La Jornada
Miércoles 20 de abril de 2011, p. 7

Al definir que la paz no es absoluta, sino en todo lugar y momento es relativa, y no está exenta de conflictos o alteraciones, las comisiones de Defensa Nacional, Derechos Humanos y Gobernación de la Cámara de Diputados pretenden facultar al Ejecutivo a disponer del Ejército y la Marina para enfrentar cualquierquebranto a la tranquilidad y el orden sociales, como el narcotráfico.

El proyecto de dictamen, relativo a la minuta del Senado sobre la ley de seguridad nacional, que las comisiones pretenden votar el próximo lunes, afirma que si bien la Constitución menciona los límites a la actuación de las fuerzas armadas en tiempos de guerra y de paz,queda claro cuándo se está en tiempos de guerra, (pero) es difícil afirmar cuándo se está en tiempo de paz, ya que ésta no es absoluta.

En la exposición de motivos del proyecto, los diputados plantean: “la paz debe interpretarse como estado contrario a la guerra, pero no como estado exento de conflictos o alteraciones diversas de mayor o menor peligro. La Constitución no señala expresamente que existen diversos ‘niveles o grados’ de paz, por lo que no se debe interpretar este concepto en ‘blanco y negro’. Existen las más variadas gamas de grises; la paz en todo lugar y momento es relativa”.

Con ese contexto, el documento –del cual tiene copia La Jornada– de las comisiones señala que dentro de sus atribuciones para preservar la tranquilidad nacional, y en la colaboración que ejercen en tareas de seguridad pública, el Ejército y la Armada pueden intervenir sin que sea necesaria la declaratoria de estado de excepción establecida en el artículo 29 de la Constitución.

En su definición para tratar de justificar esa intervención, el proyecto indica: “El tiempo de paz es un estado contrario a la guerra, en donde no existen hostilidades por parte de estados extranjeros, pero puede haberse quebrantado la tranquilidad y el orden sociales.

Es decir, una afectación a la seguridad interior puede ser coexistente con un estado contrario a la guerra; esta afectación debe ser atendida sin que medie declaración de guerra porque no se trata de una problema bélico de origen externo, sino de una situación interna que altera la armonía social.

Asimismo, refiere que la Suprema Corte de Justicia de la Nación ha interpretado que la fuerza armada permanente puede intervenir como auxiliar en materia de seguridad pública, pero en materia de seguridad nacional, dependiendo de la gravedad de la situación, debe participar, ya sea en apoyo de la autoridad civil con el Plan DNII, o como coordinadora de acciones para enfrentar un desafío o una amenaza que, sin llegar al extremo de la restricción o suspensión de derechos humanos y sus garantías, requiere atención inmediata y eficaz que los cuerpos policiacos preventivos y las autoridades civiles no están capacitados para proporcionar.

En ese sentido, indica que la intervención militar contra el narcotráfico no requiere de la autorización del Congreso “cuando esa situación está geográficamente localizada y no afecta de manera directa a todo un estado o región; (y) cuando se pueden escalar opciones de atención, antes de recurrir al expediente de la suspensión o restricción de derechos humanos y sus garantías.

Existen, pues, posibilidades de atender situaciones graves sin llegar a la restricción o suspensión de derechos humanos y sus garantías, como existirían posibilidades, aun en caso de un peligro de guerra, de enfrentar la situación sin acudir a la restricción o suspensión.

Las comisiones plantean que se considerarán obstáculos a la preservación de la seguridad nacionaldelitos que si bien no están clasificados con ese carácter ni tienen el propósito de atentar contra ella, surten efectos de tal severidad que verdaderamente la ponen en peligro.

El caso más frecuente, justifica, es el narcotráfico, “considerado como delito contra la salud, pero que en realidad produce secuelas de alto impacto social y gravedad para la gobernabilidad de municipios y estados. Un llamado ‘narcobloqueo’ tiene entre otros propósitos evitar la movilidad de las autoridades y facilitar el escape de delincuentes peligrosos. Si la conducta es reiterada, generalizada, violenta y limita u obstaculiza la acción de las autoridades encargadas de su persecución, estamos desde luego frente a un desafío o amenaza” a la seguridad nacional.

Asimismo, el proyecto le concedería al Ejecutivo la atribución de adoptar medidas urgentes y utilizar todos los recursos de que dispone para enfrentaramenazas provenientes del exterior, en una política que fue interpretada por legisladores como la puerta para la militarización con el pretexto de un riesgo para la integridad del país.

Esas facultades forman parte de la propuesta que la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) entregó a la Comisión de Defensa Nacional –cuando la presidía Ardelio Vargas Fosado (PRI), actual secretario de Seguridad Púbica de Puebla– y no estaban incluidas en la iniciativa de Felipe Calderón ni en la minuta del Senado, que consta sólo de siete títulos y 85 artículos.

El proyecto de dictamen añade un título octavo, del procedimiento para la defensa exterior, que incluye cinco nuevos artículos para definir una estrategia de defensa exterior que se regirá por una política que oriente su función, con la finalidad de preservar la integridad, la independencia y la soberanía nacional, como lo describe el documento de la Sedena.

Así, la propuesta de artículo 88 en el documento señala que en caso de amenazas provenientes del exterior que requieran la adopción de medidas urgentes para enfrentar la situación, el titular del Ejecutivo federal podrá ordenar las acciones necesarias, utilizando todos los recursos de que dispone.

El proyecto de dictamen señala que en caso de amenazas a la seguridad nacional, será necesaria la colaboración de todas las instituciones públicas para la defensa exterior y su adecuada implementación, la movilización de los recursos del país, la defensa civil de la población y la política de no intervención que debe aplicar el Presidente, de acuerdo con las facultades que le concede el artículo 89 constitucional.

Al evaluar dichos artículos, el diputado Enrique Ibarra Pedroza (PT), integrante de la Comisión de Defensa, aseguró que con ello el Presidente podrá decretar la militarización del país, aun sin consultar al Consejo de Seguridad Nacional, porque el artículo 89 no lo obliga. Y también, agregó, podrá movilizar tropas en conflictos bélicos a los que otros países soliciten la intervención de México.
























































































































miércoles, 20 de abril de 2011

Carta de Carmen Aristegui a Javier Sicilia

Javier Sicilia:


Desde tiempo atrás te he tenido por un hombre entrañable. Con la muerte de tu hijo Juanelo, y el multihomicidio del que formó parte, te has convertido, sin querer, en un hombre indispensable. Tu figura, tu palabra y tu llamado han concitado una ola de solidaridad y empatía que quedó de manifiesto en la marcha nacional a la que convocaste. Has tenido la entereza de estar ahí, en la plaza pública, cargando la infinita tragedia que te acompaña. Decidiste no cerrar la puerta, ni meterte en la cama a descargar tu tristeza, por el contrario, preferiste abrir, de par en par, todas tus ventanas. Decidiste que tu dolor no podía ir en solitario. No en un país como éste. No en un país con 40 mil muertos, la mayoría tapados con la pesada losa del anonimato. Sabías de tu dolor pero también te rozó un llamado de responsabilidad. Hombre cuya presencia pública ha sido importante, querida y respetada en un círculo construido desde tus tareas. Por tu poesía, por tus escritos, por Ixtus, por Conspiratio, por Proceso, por La Jornada, por tus recitales, por lo que haces. Ni modo, Javier, como dijiste, has sido sacado de ese universo tuyo, cuyo centro, entre otras cosas, estaba ocupado por tu pequeño escritorio, desde el cual has escrito quien sabe ya cuántas cuartillas.

La devastación por tu hijo perdido no acabó contigo. Tu fuerza interior, tu fe, tu cristianismo bien vivido y, estoy segura, todos los que te rodean te empujaron a articular los mensajes que has emitido. Algunos mal declarados o malentendidos, como el de pactar con los narcos, que requirieron de posteriores explicaciones. Decidiste enfrentar dolor y tragedia con valentía, con inteligencia y con tu palabra. Decidiste no sólo retar, sino hacer un llamado a las conciencias. Escribiste un último poema para Juanelo y dijiste que abandonas la poesía pero al final, poeta al fin, mostraste que la poesía se encuentra también en el silencio. Has tocado, Javier, a miles de conciencias, con tu palabra, con tu determinación y con un rostro que proyecta bondad, amor, pero también rebeldía. Has estado en los medios, con los que se te acercan, en Los Pinos, en la marcha, escribiendo los discursos.

El miércoles fuiste a hablar con respeto, pero con verdades. Frente a las procuradurías les recordaste que: “Uno de los males fundamentales que tiene sumida a la nación en el dolor, en la muerte, en el miedo, en la desconfianza y la incertidumbre es no sólo la falta de una verdadera y sólida procuración de justicia en nuestro país, sino la corrupción que desde hace mucho tiempo se ha instalado en el corazón de nuestras instituciones…”, y recordaste lo que expresó, hace unos días, el procurador de Morelos cuando definió a los presuntos asesinos como “personal que estuvo involucrado en instituciones públicas” y que “pueden ser policías, agentes ministeriales o militares” para luego desdecirse por temor o compromisos con lo políticamente correcto. Hoy se sabe que tienen identificados a los presuntos responsables. Pronto se sabrá si corresponden a los perfiles mencionados, en un primer momento, por el procurador.

Dejaste, Javier, con tus discursos del miércoles, palabras que empiezan a dar eje a las conciencias. Te trepaste en una combi para contar qué hacían esos miles reunidos ahí. Articulaste y diste coherencia, con tu palabra, a los sentimientos de agravio y hartazgo de una nación: “El dolor que nos ha hecho salir a las calles… no debe servir para sembrar el odio y fomentar el crimen sino para encontrar el amor, la paz y la justicia que perdimos”. Hablaste de tu silencio poético para dirigirte a los poderosos de este país: “este silencio doloroso y terrible está gritando cuatro hermosas y profundas palabras: dignidad, paz, justicia y concordia. Ése es el grito que está en el latido de nuestro amado México, el grito de nuestros hijos a quienes la inmisericorde violencia les asfixió la palabra en los pulmones y el de los que estamos aquí, de pie, sembrando nuestra esperanza y gritando por ellos”. Has apuntado al sentido correcto. Se trata de recomponer al país y no de acelerar su destrucción. Apuntas hacia un discurso necesario. Humanista, inteligente, pero que eleve el nivel de exigencia ante las autoridades y que exhiba, igualmente, a quienes cometen crímenes y atrocidades. Los ejes de pensamiento que planteas pueden dar coherencia y sentido humano a la indignación.

Gracias, Javier.

Te queremos.

Carmen Aristegui F.
8 Abr. 11

Emergencia Nacional: Convocatoria de Javier Sicilia a Marcha Nacional por la Paz y la Justicia

martes, 19 de abril de 2011

Guía mínima para entender por qué Azcárraga osó desafiar a Carlos Slim

Guía mínima (10 puntos) para entender por qué Azcárraga osó desafiar a Carlos Slim.
Purificación Carpinteyro y Raúl Trejo Delarbre.

Liga: http://www.m-x.com.mx/xml/pdf/252/10.pdf







lunes, 18 de abril de 2011

Carta a Javier Sicilia

Carta a Javier Sicilia
Gustavo Esteva
P

erdona, Javier. Como te dije, no puedo compartir tu dolor. No puedo siquiera imaginármelo. Sólo puedo dolerme de tu dolor.

Al desgarrar el velo del lenguaje encubridor, lograste que de pronto los 40 mil muertos empezaran a tener cara y cuerpo de Juanelo. Dejaron de serdaños colaterales… Empezamos a verlos y vivirlos en carne y hueso. Sus muertes, que eran ya costumbre cotidiana, se volvieron de pronto insoportables.

Lograste dar expresión clara al estado de ánimo general. Estamos hasta la madre. Personas muy propias, que jamás se hubieran atrevido a decir eso en público, fueron ahora capaces de proclamarlo a voz en cuello. Adquirió legitimidad y valor político un sentimiento general que no nos atrevíamos a expresar.

Me pareció admirable, Javier, tu gandhiana apelación a la moralidad de los criminales y políticos que nos tienen hasta la madre. No se trata del perdón cristiano a quien ofende, sino del respeto a la condición humana del otro, a pesar de sus infamias o irresponsabilidades.

Salimos a la calle a manifestar nuestra solidaridad contigo y nuestro estado de ánimo. Fue un auténtico movimiento, con su dispersión, su iniciativa múltiple, su impulso desde abajo, su carencia de líderes y cuadros. Creo que en ninguna parte tomó la forma de movilización, como la que dirigen y controlan desde arriba los líderes, los partidos, los sindicatos –movilizaciones en que la gente es movida como se mueve un paquete y las personas mismas quedan in-movilizadas, expuestas a la instrucción, a las indicaciones dadas desde arriba. No fuiste un dirigente presto a llevar agua a su molino político e ideológico. Tu voz era una invitación feroz y dolorosa, con la cualidad peculiar de la poesía, en la que cada lectura y cada lector encuentran un sentido diferente… En cada geografía, por eso, la iniciativa tomó perfil distinto.

Fue espléndido, catártico, expresar libremente lo que sentíamos y ver a tantos, en tantas partes, con una voluntad común. Sabíamos que era sólo el primer paso. No se trataba solamente de desahogarnos y enviar un mensaje a los causantes de nuestra rabia. Salimos a la calle decididos a actuar, aunque el camino a seguir fuese aún difuso.

Como dices, Javier, debemos mantener viva la unión que empezó a manifestarse ese día, para romper miedos y aislamientos. No basta la indignación. Estamos en emergencia nacional. Es hora de actuar. Tenemos que parar esta guerra insensata que hasta sus patrocinadores estadunidenses reconocen perdida; atar las manos de esta clase política que sigue destruyendo lo que queda de país; regresar el Ejército a los cuarteles…

Tu discurso del día 6 aclaró el siguiente paso. Tu valiente escalpelo fue revelando los tumores: los poderes constituidos; las policías; los partidos políticos; el capital; los medios; las iglesias; los sindicatos… Acotaste bien sus omisiones y complicidades en la destrucción de nuestros ámbitos de convivencia, nuestro suelo, nuestras relaciones de soporte mutuo, hundiéndonos en el horror de la violencia, la miseria y el miedo. No olvidaste, Javier, nuestras propias traiciones, nuestra propia irresponsabilidad.

Se hizo evidente lo que necesitamos hacer: remendar el tejido social que desgarraron. Apelaste a la inspiración zapatista para decirnos cómo: desde abajo, podemos tener asambleas constituyentes y reconstituyentes en cada colonia, en cada barrio, en cada comunidad. Sólo así podemos conseguir auténtica gobernabilidad y seguridad en las calles y crear una oportunidad de vida distinta para nuestros jóvenes.

Propones que cuantos denuncias, las elites políticas y económicas, se comprometan ante nosotros a celebrar un pacto. Nos citas para el 8 de mayo, en el Zócalo de la ciudad de México. Porque vivimos un tiempo límite, vamos a ir también allí a preguntarles: ¿cómo pretenden ir a las elecciones si no son capaces de ponerse de acuerdo entre ustedes para defender la vida de los hijos y las hijas de nuestro amado México?

Me conmueve la propuesta, Javier. Eso significa que me pone en movimiento contigo. Espero que muchos se con-muevan también y el día 8 estemos ahí hasta aquellos, como yo, que no podemos creer en esos poderes y jerarquías y les tenemos bien fundada desconfianza.

Calderón, probablemente, seguirá esperando la gloria del triunfo. Surgirán los desacuerdos de costumbre en esas clases políticas y económicas que nos tienen al borde del desastre. Hagan o no lo que les toca, Javier, nosotros debemos hacer lo nuestro. Ningún truco de ingeniería social puede enfrentar la emergencia. Pero desde abajo, unidos en la pasión amorosa por todo lo que es nuestro, nos podremos entregar a la inmensa tarea de reconstituirnos. Empezaremos por resanar el tejido social desgarrado, para salvar lo que queda del país y transformarlo.





























































































No
León Bendesky
N

o sirven ya de nada los argumentos, explicaciones y discursos que se hacen para tratar el resquebrajamiento social de este país provocado por la violencia.

No es admisible estar sometidos como personas y como ciudadanos al cruento espectáculo de la muerte sin ton sin son, a la exhibición cotidiana de la barbarie en muy distintas formas, a la sofisticación del mal.

No hay contrapeso para la indefensión a la que está sometida la gente debido a la impunidad reinante. La violencia y el crimen están cerrando el círculo cada vez más en torno a cada uno de nosotros.

No hay lugar para la ilusión, tampoco para quienes pretenden tamizar la intensidad y el significado profundo de lo que está pasando. Cualquier expresión en este sentido contribuye aún más al peligro en el que vivimos. Es una irresponsabilidad.

No significa nada que en otros lugares la situación sea peor. Nunca mejor que a ese planteamiento puede aplicarse el dicho de que mal de muchos consuelo de tontos (o como quieran ustedes llamarlos).

Es que creen que puede crearse unviolentómetro y medir hasta dónde nos llega el nivel como país y como individuos, y cuando nos llegue al cuello qué nos quedará por hacer. En este sentido los términos relativos son irrelevantes. Ésta, la de aquí, la que nos sofoca, es específica y verdadera; crece sin contención al tiempo que se reducen los espacios para resguardarse.

La demanda de ¡ya basta!, lanzada de nuevo indica el grado de la frustración y el miedo que existen. También muestra la desprotección de la integridad física –sin la cual queda poco– y el derrumbe de los derechos esenciales que norman la vida colectiva.

Este no puede ser un llamado en abstracto. A alguien tiene que estar dirigido y de preferencia alguien que asuma su responsabilidad.

Decírselo a los criminales parece un acto de desesperación que puede ser comprensible. Pero no se puede, a todas luces, esperar que haya algún oído receptivo. No es posible encararse con un ¡ya basta! a quienes se les ha cedido el terreno de la impunidad y de la corrupción, a quienes hoy por hoy tienen el control de la dinámica del conflicto y lucran con él.

Las demandas de los ciudadanos en un caso extremo como el de la inseguridad sólo puede hacerse al gobierno. Éste es el responsable último. Y si hoy resulta que en los niveles municipal, estatal y federal no se puede más que reconocer la incapacidad y con ella la exacerbación de la violencia, entonces reconozcamos abiertamente que la crisis se ahonda a medida que el poder del Estado se reduce frente al de los criminales. Ese Estado nos puede enfrentar a los ciudadanos con los criminales en situación de desventaja, no puede tampoco desoír lo que la gente quiere.

No hay muestras fehacientes de que las medidas que se están aplicando desde hace más de cuatro años tengan resultados efectivos. Hay una lógica de la producción y la reproducción del crimen, la violencia y la inseguridad y no hay, en cambio, indicios claros de que ella se esté transformando, por más que así se sostenga.

Sigamos preguntando y de modo cada vez más abierto qué significa vivir en medio de un constante y creciente miedo, sigamos pensando con más tino crítico cuáles son los límites de la decadencia, cómo es que se revierte la degradación y si esto finalmente puede hacerse, en qué condiciones habrá quedado esta sociedad.

No es admisible salir a la calle con miedo de ser robado, secuestrado o asesinado. No es aceptable pagar una renta a la delincuencia para poder trabajar. No es tolerable recibir llamadas de amenazas en nuestras propias casas (muchas de ellas salen incluso de las cárceles) y ver cercenado el entorno de la vida privada, un refugio que debe ser inquebrantable.

La sociedad carga un peso enorme como receptora de los efectos de las actividades criminales y de la violencia. También lo tiene como impulsora última de un cambio en esta condición. En esto puede haber acuerdo; mucho más difícil es hacerlo efectivo, propiciar una transformación. Esto pone en evidencia aspectos esenciales de la organización política existente, del sentido de la democracia trunca que hay y de la relación entre los ciudadanos y quienes gobiernan, legislan, imparten justicia y deben proveer seguridad. El esquema existente está roto.

No cabe decir que la violencia repercute adversamente en la actividad económica sólo en algunos lugares del país. ¿Habrá que esperar a que lo haga en todas partes? Parece que importa que no suceda donde la producción crece y se puede mostrar en los registros oficiales como una consecuencia de las políticas públicas. Así se exhiben los espejismos que hay en la forma convencional de pensar.

No hay lugar para la nostalgia que es a veces una forma de escapismo. Este país se ha ido desfondado en términos de la cohesión social. La violencia económica como la insuficiencia del crecimiento, el desempleo, la falta de oportunidades y la desigualdad también es real y no está disociada del entorno general de una violencia desatada y una inseguridad rampante.

Reconozco que este No que aquí expongo expresa frustración e impotencia.



Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/04/18/index.php?section=economia&article=023a1eco