martes, 28 de junio de 2011

Los claroscuros del diálogo en Chapultepec

Vía La Jornada, fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/06/28/opinion/023a1pol

Los claroscuros del diálogo de Chapultepec
Luis Hernández Navarro
E

l diálogo entre el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y el presidente Felipe Calderón en el Castillo de Chapultepec ha desatado un intenso y enconado debate. Los medios de comunicación y los periodistas tradicionalmente afines al gobierno federal lo presentan como una muestra de la capacidad de Felipe Calderón de escuchar a sus detractores. Sectores importantes de la izquierda y el mundo intelectual lo cuestionan.

Se trata de un asunto complicado. No debiera ser una cuestión de principios, sino de correlación de fuerzas. Toda lucha que no sea insurreccional –e incluso ésta en ciertos momentos– está obligada a negociar con el gobierno. Más aún, una movilización que exige justicia, reparación de daños y modificación de políticas tiene el imperativo de dialogar.

Dentro del movimiento hay quienes critican el diálogo argumentando que Felipe Calderón es un mandatario espurio, carente de legitimidad. Planteado así, el asunto se vuelve una cuestión ideológica sin salida. Por supuesto que Calderón carece de legitimidad. Más aún, esa falta de legitimidad es precisamente la que lo ha llevado a encabezar la guerra contra el narcotráfico. Sin embargo, dialogar o no dialogar no es asunto de legitimidad del adversario, sino de fuerza. Los movimientos dialogan con quien tiene la capacidad para resolver sus demandas. Y una convergencia de víctimas que exige justicia tiene necesariamente que emplazar y tratar con el responsable de que se haga justicia y se modifique la política que la propició.

El Movimiento por la Paz logró que el Presidente de la República se reuniera con sus integrantes para sostener un diálogo público. Un grupo de víctimas que cuestiona radicalmente su política dijo al jefe del Ejecutivo lo que quiso delante de los medios masivos de comunicación y Felipe Calderón les respondió. Se trata de un hecho inusitado en el país. Lo es tanto por la tradición autoritaria de los gobernantes como por el clima de confrontación que vivimos.

Hasta ahora, las víctimas no habían tenido oportunidad de hablar con el Presidente como lo hicieron. Cuando en febrero de 2010 María de la Luz Dávila expresó a Calderón en Ciudad Juárez:Disculpe, señor Presidente, yo no le puedo dar la bienvenida porque no lo es, lo tuvo que hacer entre forcejeos y a contracorriente.

Las víctimas que tomaron la palabra en Chapultepec lo hicieron no para engrandecer la figura presidencial, sino para decir su verdad y reclamar justicia. No hicieron concesiones. Fueron actores centrales del diálogo, no personal de acompañamiento. Dijeron a Felipe Calderón cosas muy fuertes. Salvador Campanur Sánchez, representante indígena, le señaló: A nosotros nos agreden las autoridades que desconocen nuestro derecho a la autonomía y libre determinación, criminalizan nuestras luchas, roban nuestras riquezas y aplican una política nacional de exterminio contra nosotros.

Sin embargo, Felipe Calderón salió fortalecido del encuentro. Defendió su estrategia de guerra. No cedió un ápice en su posición. Reafirmó lo dicho el pasado 5 de mayo: tenemos la razón, la ley y la fuerza. Utilizó a los medios masivos de comunicación en su favor. Y se tomó la foto con sus críticos.

Para muchos de quienes consideran que su presidencia es espuria, la reunión fue un fracaso total, y hasta una traición. Para ellos, lo central no es la reivindicación de las víctimas, ni que éstas hayan dicho su palabra, ni la dignificación de su causa, ni que ante la opinión pública hayan dejado de ser sospechosas de defender delincuentes para convertirse en damnificados legítimos. No. Lo importante, según su lógica, es que Calderón se legitimó.

Sin embargo, es importante mirar el diálogo desde otra perspectiva. El Movimiento por la Paz es, fundamentalmente, una convergencia de víctimas que reclama justicia, con un programa que cuestiona al conjunto de la clase política y no sólo al Presidente. No pone en el centro de su acción la legitimación o deslegitimación de la figura presidencial. No es un movimiento que mire de cara a las elecciones de 2012, ni que rija su acción a partir del fraude electoral de 2006. Es otra cosa, tiene otros orígenes, otro horizonte y otro lenguaje. Querer que se comporte como un movimiento social de oposición tradicional es renunciar a comprender su naturaleza y su lógica.

A pesar de su nombre, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad no es aún un movimiento, sino un fenómeno de solidaridad colectiva en torno a Javier Sicilia. No es una organización permanente, sino un estado de ánimo. Alrededor del dolor y la convocatoria del poeta se han nucleado las emociones y el hartazgo de miles de ciudadanos consternados con la inseguridad pública, la violencia y la militarización del país. El diálogo le proporcionó un nivel superior de presencia política.

Hasta hace tres meses ninguna fuerza política o social había logrado dar visibilidad nacional a la situación que viven las víctimas de la guerra contra el narcotráfico. La convocatoria de Javier Sicilia dio un vuelco dramático a esta situación. Lo que la izquierda no quiso, no supo o no pudo hacer fue conseguido por el poeta y su equipo. Hablando desde una cultura católica radical y pacifista y desde las víctimas logró agrupar el descontento social contra la militarización.

A esta convocatoria se ha sumado una variopinta congregación de actores políticos y sociales que padecen el bloqueo político del actual régimen de partidos. También sectores de la Iglesia católica que padecen sin deberla el costo de las barbaridades perpetradas por su jerarquía. En los hechos, el Movimiento por la Paz abrió una brecha por la que esos actores excluidos han comenzado a colarse.

Para valorar el diálogo de Chapultepec resulta útil la réplica de Mefistófeles en el Fausto, de Goethe:Gris es la teoría, y verde el árbol de oro de la vida. En los claroscuros del encuentro es posible encontrar un hecho de gran relevancia: las víctimas se han convertido en sujetos de cambio. Eso tiene más importancia para el país y su democratización que el que Felipe Calderón se haya fortalecido a corto plazo.

sábado, 18 de junio de 2011

Lamento de San Fernando

LAMENTO DE SAN FERNANDO
(Anónimo)


Les escribe San Fernando, el pueblo de los migrantes asesinados, el de las fosas y cadáveres indescriptibles, el de los cárteles querellados. Últimamente, las voces que hablan de mí resuenan asustadas en el mundo. El mundo pensará entonces, no sin razón, que soy un pueblo macabro. No soy macabro, soy un pueblo atropellado, estoy herido, sangro y lloro y ¡Oh Dios!, y me lamento. Ante los hechos recientes yo, San Fernando, soy el primer sorprendido, el primer aterrado, también yo, San Fernando, siento miedo.

El mal no soy yo, el mal no es mi gente, el mal no es mi tierra ni mi sol ni mi viento. El mal llegó, llegó y se quedó desconcertándonos a todos. No crean a mi gente pusilánime, mi gente es brava, como brava es la gente de las tierras áridas del norte de México. Ante la tierra agarrada y terca, mi gente se hizo tenaz para arrancarle frutos, ante al temporal incierto, mi gente se hizo estoica para aguantar los embates. Mi gente acerada escogió ganado correoso para aguantar juntos las sequías, mi gente incansable encontró cultivos que pudiesen crecer aun con sed. Aquí el ganadero cría, el agricultor siembra, el pescador hace su redada y todo mundo se somete con determinación y optimismo al temporal. Ellos, los que llegaron, son otra cosa.

En estas tierras, que son igual de pastizales gordos que de sequías hambrientas, igual de espigas rebosantes que de raquíticas hierbas, igual de redes plenas que de infructuosas salidas al mar, mi gente, nunca está tan contenta como cuando llega el temporal. La lluvia tintineando en los metales sueltos, el olor áspero de la tierra recién mojada, el polvo apaciguado, y hasta los truenos iracundos que se vociferan las nubes en el cielo y hacen temblar los espejos en las casas, son todos motivos de alegría, son todos signos de buenaventura para mi gente.

El tortillero, el zapatero, el músico están contentos cuando llueve, el comerciante y el restaurantero están contentos cuando llueve, el albañil y el mecánico están contentos cuando llueve, y sobra decirlo, el agricultor y el ganadero están contentos cuando llueve y llueve a tiempo. Aun la ocasional gotera que la lluvia desvela en las casas es lidiada con regocijo, mis gentes recogen las gotas que chorrean desde el techo en cacharros de metal, para que caigan ruidosas y conviertan la lluvia en una sinfonía que dice y que repite y que vuelve a repetir que está lloviendo, que la cosecha es posible, que la becerrada también, que la tierra rendirá y que porque la tierra rinde todos en el pueblo estarán bien.

Yo, San Fernando, soy entonces un paradigma de progreso, en mis caminos abundan camiones repletos de sorgo, de maíz, de frijol, de ganado, camiones frigoríficos cargados de pescado, de camarón; las trilladoras van, los tractores vienen, los arados, las cultivadoras se pavonean en los sembrados, las vacas se contonean en los pastizales verdes luciendo cría y en los atardeceres de horizontes rojos y calientes, mi gente cansada y satisfecha ríe alrededor de los asadores, comentando los incidentes del día, bebiendo a sorbos un tarro de cerveza fría, muy fría.

Hay veces, sin embargo, que la tierra no da, que el temporal no llega. Todo mundo lo sabe porque todo mundo lo ve. Cuando el campo se agosta el paisaje pierde sus colores, se instala la grisura, los matorrales espesos se vuelven esqueletos de espinas que la vista atraviesa sin tropiezo, el ganado enflaca, las vacas malparen, los becerros enferman, en los sembradíos las plantas son ralas y no espigan o si acaso espigan, las raras espigas no progresan. A la canícula siempre sofocante se añade entonces ese estado de ánimo situado entre la agitación, la diligencia y la expectativa.

Mi gente redobla sus quehaceres con tanta bullanga como en los días de trilla, los agricultores que ven perdida su cosecha se apresuran a convertir sus sembrados en forrajes, forrajes que compran los inquietos ganaderos para tratar de aliviar a su vacada, las carreteras se pueblan de camiones cargados de pasto, los campesinos chamuscan las espinas de los nopales para que los animales puedan tragarlos. Mi gente es gente valiente que afronta esos días de sequía con el sólo afán de defender, hay que salvar la vaca o hay que salvar la cría, hay que salvar la espiga, o la lancha o la yegua o la comida. Y yo los veo, tratando de salvar las cosas, mientras el sol testarudo brilla inclemente sobre la tierra encalmada y los buitres, en pugna con mi gente, vuelan negros, majestuosos e igualmente tenaces en mi cielo canicular, claro, cliente y sin lluvia.

Otras veces, el temporal es bueno y la suerte comoquiera embiste a mi gente. Llegan los huracanes con vientos furiosos que arrancan a su paso todo lo que es posible arrancar; techos, cosechas, papalotes, bodegas, paredes. Las casas se construyen para resistir, pero lamentablemente no todo mundo se las puede pagar.

Yo he visto cuando el viento huracanado arranca techos y se los lleva retorciéndolos mientras ulula con espanto, he visto familias enteras que, ante semejante desamparo, corren a guarecerse en el monte, he visto a las madres que con brazos desesperados abrazan a sus hijos contra los ébanos y los mezquites, pensando que si el ganado subsiste arrimándose contra ellos, sus hijos entonces también subsistirán… Subsisten, y al día siguiente, esta gente indómita, con la mirada impasible y la mente en el futuro, da gracias a Dios por haber sobrevivido y empieza a construir; otra vez el techo, otra vez el abrevadero del ganado, otra vez la bodega del sorgo, otra vez el muelle y la lancha y otra vez el temple de su carácter para atravesarlo todo otra vez hasta el próximo huracán.

La suerte en ocasiones arremete a mi gente con males esporádicos, Algunas veces por ejemplo la becerrada completa o la cosecha entera o el lote procesado de mariscos han sido pagados con un cheque certificado que resultó ser falso. Ante estos reveses individuales la solidaridad se manifiesta igual que las goteras cuando llueve –compadre ¡si hay que entrarle al baile, yo huaracheo contigo! –ya para entonces, el compadre afectado, con la misma impasibilidad que se asume después del huracán o la sequía, trae la mente apuntada en el futuro.

Aquí en San Fernando el trabajo es un valor y mi gente trabaja lo mismo bajo los soles inconmovibles de agosto, con el sudor resbalándoles por las sienes, que frente al norte glacial de enero, con el frío calándoles los huesos.

Habrá quienes remarquen que estoy hablando en presente, como si las cosas no hubiesen cambiado. Es claro que han cambiado y ¡de qué manera! pero soy un pueblo veterano avezado de la incertidumbre, yo sé que por el carácter porfiado de mi gente, y por la naturaleza inherente al ser humano, el bien volverá.

El mal presente casi ni lo vimos llegar, llegó poco a poco y llegó disfrazado, ya instalado, fue mucho peor que todos los huracanes y las sequías juntas. Venían del Sur, los delataban su acento y su jerga, transportaban drogas para los juniors estadounidenses; se oyó decir que no les convenía más hacérselas llegar por aire y por mar y que habían decidido hacerlo atravesando México.

Yo, San Fernando, enclavado al pie de la gran Ruta Panamericana que baja desde Alaska hasta Chile y estando a poco más de cien kilómetros de la frontera con Texas, resulté ser un sitio ideal para operar ese tráfico hacia nuestros adinerados vecinos. Al principio hicieron vida paralela a la de mi gente, andaban –supongo– conociendo, orientándose, tanteando. Dijeron que se llamaban los Zetas y debo admitirlo, lograron enganchar a algunos sanfernandenses; hombres jóvenes a quienes les faltó lucidez, les faltó entereza y sobre todo, les faltaron agallas. Imaginaron acaso que sólo se trataría de ganarse la vida llevando paquetes a través del puente internacional.

Aquí cambió todo casi de la noche a la mañana, cuando, hace un escaso par de años, llegaron Otros, venían del Poniente, eran docenas, los delataban las placas foráneas de sus camionetas robadas, dijeron que eran los del Golfo y que estaban allí para exterminar a los Zetas… la violencia entonces se vino encima con la rapidez de un huracán que toca tierra, y aquella presencia paralela, en medio de sus querellas, se metió en la vida de mi gente como una cuchillada. Nadie supo como defenderse de este nuevo mal. Mis productores; agricultores, ganaderos o pescadores, mediante secuestros y extorsiones han sido descapitalizados, el fruto del trabajo de una y hasta de varias generaciones lo perdieron de tajo, algunos secuestrados no han vuelto.

Productores prósperos han sido asesinados, nada más porque trabajaron duro toda su vida y tenían bienes a despojar. Comerciantes grandes y comerciantes pequeños, han sido una y otra vez extorsionados. Restaurantes, negocios y casas han sido atacados y aun destruidos con saña, algunos ranchos han sido saqueados, otros expropiados y convertidos en guaridas. Mis viejos se enferman y mueren prematuramente de preocupación. Mi gente no sabe como persistir cuando les dicen “sabemos en donde vives, sabemos a que escuela van tus niños”.

Ante la desgracia colectiva, un compadre no puede hacer mucho por otro, y aparte de los compadres, nadie ayudó a los productores con problemas, nadie a los comerciantes, nadie a las viudas ni a los huérfanos. Nadie ha ayudado a mis muchachos que son acosados por los reclutadores, nadie ha ayudado a mis muchachas ¡ay! a mis pobres jovencitas violadas. ¡Nadie, ningún Presidente, ningún Gobernador, ninguna autoridad, ningún cuerpo policiaco ni militar!.

Supongo que ya se sabe, este año no voy a poder librar mis consabidas cuotas de carne, de granos, de pescado… mi gente no puede trabajar más, se va de aquí, los que no pueden irse se esconden, mis calles ahora están vacías, muy vacías, en la plaza los niños no juegan, las parejas no se besan más bajo el higuerón, no hay música los domingos, ya no oigo risas, tampoco hay fiestas. Se oyen, ya se sabe, las balaceras y más balaceras y más balaceras. Y ahora se oyen también las voces que hablan de ellas, voces que resuenan por el mundo, y el mundo que nunca oyó de San Fernando ahora me asocia con ellas, con las balas y con las vidas truncadas que esas balas atraviesan.

Pues sepan, sepa el mundo que yo también yo he perdido vida, me duelen las balas y los hombres que éstas asesinan, sangro con ellos, me duelen ¡Ay! me duelen las mujeres forzadas, lloro con ellas, lloro también con las madres, con las viudas, con las huérfanas.

Y los migrantes ¡Ay mis migrantes! No fui yo, San Fernando, no fue mi gente que ni siquiera lo advirtió. Que sepan sus madres y sus viudas, que sepan sus hijos y hermanas, que sepa el mundo que no fui yo. En esa hora fatídica yo acompañé con piedad a mis migrantes y ahora los he adoptado para siempre. Ese día, aquí en la duplicidad azarosa de mis campos, estaba yo con ellos, había conmigo el sol, el mismo sol cálido y generoso que en primavera hace reventar las semillas de sorgo en las entrañas de mi tierra, llegó benevolente y tibio y abrazó los cuerpos aguerridos de mis migrantes. Estaba conmigo el viento, el mismo viento bienhechor que toca la Laguna Madre y llega fresco a aliviar al ganado de la solanera, llegó benigno, acarició las mejillas y acomodó con dulzura mechones de pelo de mis migrantes.

Estaba conmigo la tierra, la misma tierra que con sed industriosa absorbe humedades portadoras de vida, su presencia compasiva bebió lágrimas y bebió sangre de mis migrantes. No, mis migrantes no estaban solos, yo estaba junto a ellos, yo fui testigo del valor, del aplomo, del discernimiento, las solas armas que mis migrantes portaban. ¡Ah la entereza! cuando las sabandijas del infierno que sitian mi suelo quisieron reclutarlos, cuando quisieron ponerle precio a su albedrío, mis migrantes defendiendo su destino, dijeron NO al reclutamiento y pagaron con su vida, porque no quisieron dejar de ser hombres y mujeres de bien para convertirse en entes inferiores a las bestias, un NO lleno de humanidad que resonó en mi tierra más fuerte que todas las balas juntas, un NO de sensatez y de firmeza, un NO intrépido que defendió su libertad. Mis migrantes fueron caudillos fortuitos del derecho. Yo presencié su honra y su audacia, yo recogí los últimos respiros de sus afanes truncados, recogí sus valores, esos tesoros que llevaban consigo mis migrantes.

Recogí valentía, integridad, perspicacia, recogí juventud, fuerza, hombría y ¿mujería? ¿feminía? (cómo quiera que se llame esa determinación robusta y constante tan inquebrantable y entera que poseen algunas madres, algunas hijas). Yo recogí la esperanza y el sacrificio y he quedado más fortalecido por ésos mis soldados casuales de la libertad, mis mártires imprevistos de la esperanza.

Ahora que yo, San Fernando, me encuentro asediado por Esos, los hijos de la madre escasa y de la poca tierra, me pregunto ¿será el amor lo que hizo buenos a mis migrantes? ¿qué brazos los mecieron cuando niños? ¿qué labios los besaron cuando grandes? ¿o será su sangre? ¿qué genes de Bolívar o de San Martín reverberaban en sus cuerpos? o ¿qué sol les enseñó a ser fuertes mientras tostaba su piel en las faenas? ¿qué viento los preparó a ser firmes cuando aliviaba con brisas frescas su pena? ¿qué tierra impasible los parió tan llenos de esperanza?

Me pregunto también si soy yo, San Fernando, un punto igualmente estratégico para pasar un mensaje. Si quizá fue por eso que mis migrantes precisamente aquí dejaron su vida y por eso es que yo tengo que cargar con la vergüenza de su muerte, para que desde aquí, al pie de esta gran Ruta Panamericana y con ese peso tan grande en mi garganta grite un mensaje, para que lo grite con un grito tan fuerte y estruendoso que resuene en mi país y se propague hacia el Norte y hacia el Sur, gritando mucho y gritando fuerte, para que el mensaje suene y resuene estridente por toda la gran Ruta Panamericana, para que suene y resuene con ecos desde el Yukón hasta la Patagonia.
Grito hacia el Norte, a ustedes mis pudientes vecinos estadounidenses, a ustedes los adinerados que consumen esas drogas cuyo tráfico deja a su paso tanta desgracia ¿Saben ustedes lo que fuman? La yerba que fuman está manchada con sangre de asesinatos indescriptibles, con las más horribles violaciones.

Ustedes venden los rifles automáticos que aquí en San Fernando matan, ya sé que no les importa, pero no se les olvide agregar al peso de sus flacas conciencias todos mis muertos de bala. A los legisladores que crean leyes inhumanas que imposibilitan el honesto trabajo del migrante, les envío un recordatorio del bien que harían con una reglamentación adecuada, con propósitos humanistas, no de simple discriminación.

Grito desde aquí a ustedes los Zetas, los del Golfo y todos los demás de su clase, a ustedes almas de estiércol que defecó el demonio. Ningún animal ejecuta a sus semejantes como ustedes cobardes a mi gente y a mis migrantes. Ninguna bestia maltrata a sus hembras como ustedes perversos a mis muchachas. Ningún bruto destroza las obras de sus congéneres como ustedes anormales destruyen lo que son incapaces de construir. ¡Ah los grandes cobardes! si un ápice de humanidad les queda en algún rincón de su alma miserable, huyan, busquen quizá una iglesia e intenten volver a ser hombres. Sería el único acto de valor del que pudieran alguna vez ufanarse, miren que ir siempre en montones y armados contra la gente de bien es solo de miedosos apocados como ustedes.

Grito hacia el Sur, hacia esas selvas gloriosas donde por las sombras el sol no quema igual que el mío, sabemos que es bajo las ramas frondosas que se cultivan esas hierbas... Lula tiene razón ¡hay tanta pobreza! Pero que sepan los campesinos, por lo menos que sepan que el pan enjuto que llevan a sus hijos está lleno de luto.

Grito aquí a mi gente, a todos los mexicanos de bien, que finalmente somos la mayoría... pero nó, ese grito se los dejo a ustedes. No me dejen solo a mí, San Fernando, con este mensaje tan pesado, no me pidan a mí solo que se los ponga en palabras ¿qué les dicen los migrantes?

Es primavera, los cenizos, los patoles y las anacahuitas florecen en los matorrales a mi alrededor, sus colores me traen a la mente la memoria aún fresca de tiempos más amables y me traen también buenos augurios del mañana. Yo, San Fernando, con mi paciencia dos veces centenaria, con mi comarca dual y caprichosa, con mi convicción firme de prevalecer, espero aquí a los míos con ilusión. Prevaleceré porque aún no he visto los límites de la esperanza, de la creatividad y de la fortaleza de mi gente y porque, como mis migrantes me lo han recordado, la naturaleza predominante del ser humano es magnánima.

Hoy por hoy ¡Dios proveerá!

"En esta generación tendremos que arrepentirnos
no solo por las palabras y acciones de la gente mala,
sino por el espantoso silencio de la gente buena"

miércoles, 1 de junio de 2011

Indignez-vous = ¡Indíngnate!

Vía La Jornada, fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/05/31/index.php?section=politica&article=021a1pol&partner=rss

Indignez-vous
José Blanco
Y

o también nací en 1917, dice José Luis Sampedro Sáez (Barcelona, febrero de 1917), que por su sobresaliente trayectoria literaria y por su pensamiento comprometido con los problemas de su tiempo, es un referente intelectual y moral de primer orden en la España de la segunda mitad del siglo XX; escritor, humanista, economista que aboga por una economía más humana, más solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos, ha prologado la brevísima obra de Stéphane Hessel, Indignez-vous: ¡Indignaos!, o ¡Indíngnate!, como lo preferiríamos en el español latinoamericano, y que fue publicada hacia octubre de 2010. Los jóvenes franceses tomaron la palabra de inmediato, pero que duda cabe que el impacto social más fuerte ha sido hasta ahora en diversas ciudades de España, especialmente en Barcelona.

Los franceses, que se ubican en la punta del ranking del pesimismo mundial, habían comprado en diciembre pasado medio millón de ejemplares de este librito de sólo 30 páginas.

Stéphane Hessel, el autor, nacido en Berlín en octubre de 1917, es un diplomático, escritor, y militante político francés, miembro de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, que fue capturado y torturado por la Gestapo y fue recluso de los campos de concentración de Bunchen Wald y Dora-Mittelbau. Es el último escritor vivo de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

Yo también estoy indignado, continúa diciendo Sampedro desde Barcelona, con sus 93 años. También viví una guerra. También soporté una dictadura. Al igual que a Hessel, me escandaliza e indigna la situación de Palestina y la bárbara invasión de Irak. Podría aportar más detalles, pero la edad y la época bastan para mostrar que nuestras vivencias han sucedido en el mismo mundo. Hablamos en la misma onda. Comparto sus ideas y me hace feliz poder presentar en España el llamamiento de este brillante héroe de la Resistencia francesa, posteriormente diplomático en activo en muchas misiones de interés, siempre a favor de la paz y la justicia.

Continúo con las palabras de San Pedro: ¡Indignaos! Un grito, un toque de clarín que interrumpe el tráfico callejero y obliga a levantar la vista a los reunidos en la plaza. Como la sirena que anunciaba la cercanía de aquellos bombarderos: una alerta para no bajar la guardia.

Al principio sorprende. ¿Qué pasa? ¿De qué nos alertan? El mundo gira como cada día. Vivimos en democracia, en el estado de bienestar de nuestra maravillosa civilización occidental. Aquí no hay guerra, no hay ocupación. Esto es Europa, cuna de culturas. Sí, ése es el escenario y su decorado. Pero ¿de verdad estamos en una democracia? ¿De verdad bajo ese nombre gobiernan los pueblos de muchos países? ¿O hace tiempo que se ha evolucionado de otro modo?

Actualmente en Europa y fuera de ella, los financieros, culpables indiscutibles de la crisis, han salvado ya el bache y prosiguen su vida como siempre sin grandes pérdidas. En cambio, sus víctimas no han recuperado el trabajo ni su nivel de ingresos. El autor de este libro recuerda cómo los primeros programas económicos de Francia después de la Segunda Guerra Mundial incluían la nacionalización de la banca, aunque después, en épocas de bonanza, se fue rectificando. En cambio ahora, la culpabilidad del sector financiero en esta gran crisis no sólo no ha conducido a ello; ni siquiera se ha planteado la supresión de mecanismos y operaciones de alto riesgo. No se eliminan los paraísos fiscales ni se acometen reformas importantes del sistema. Los financieros apenas han soportado las consecuencias de sus desafueros. Es decir, el dinero y sus dueños tienen más poder que los gobiernos. Como dice Hessel, el poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado. Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos, y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general.

¡Indignaos!, dice Hessel a los jóvenes, porque de la indignación nace la voluntad de compromiso con la historia. De la indignación nació la Resistencia contra el nazismo y de la indignación tiene que salir hoy la resistencia contra la dictadura de los mercados. Debemos resistirnos a que la carrera por el dinero domine nuestras vidas. Hessel reconoce que para un joven de su época indignarse y resistirse fue más claro, aunque no más fácil, porque la invasión del país por tropas fascistas es más evidente que la dictadura del entramado financiero internacional. El nazismo fue vencido por la indignación de muchos, pero el peligro totalitario en sus múltiples variantes no ha desaparecido. Ni en aspectos tan burdos como los campos de concentración (Guantánamo, Abu Ghraib), muros, vallas, ataques preventivos y lucha contra el terrorismo en lugares geoestratégicos, ni en otros mucho más sofisticados y tecnificados como la mal llamada globalización financiera.

¡Indignaos!, insiste Hessel a los jóvenes. Les recuerda los logros de la segunda mitad del siglo XX en el terreno de los derechos humanos, la implantación de la seguridad social, los avances del estado de bienestar, al tiempo que les señala los actuales retrocesos. Los brutales atentados del 11-S en Nueva York y las desastrosas acciones emprendidas por Estados Unidos como respuesta a los mismos, están marcando el camino inverso. Un camino que en la primera década de este siglo XXI se está recorriendo a una velocidad alarmante. De ahí la alerta de Hessel a los jóvenes. Con su grito les dice: Chicos, cuidado, hemos luchado por conseguir lo que tenéis, ahora os toca a vosotros defenderlo, mantenerlo y mejorarlo; no permitáis que os lo arrebaten. ¡Indignaos todos los jóvenes del planeta!